Un árbol desplumado y un pájaro pelado

Naces. Creces. Te encuentras en un conflicto personal. Lo superas. O no lo superas. O no te das cuenta siquiera de que esa discusión ha brotado entre tu alma y tu mente. De todas maneras, es difícil no darse cuenta. Cuando todo tu tú esta en constante ajetreo y tambaleo, la vida que llevabas hasta ahora se desequilibra. Tu mente esta en constante contacto con el exterior y el interior, cuando este intermediario recibe mensajes contradictorios llega un momento que explota. E aquí la sociedad en la que vivimos. Una sociedad dónde la gente, para ahorrarse ese tiempo de discusión interior, deja de escuchar su alma. Una sociedad que al estar desconectada de sí misma es fácil de manipular. Hay gente que llena sus vacíos comprando ropa, otra que llena sus vacíos con gente... Intentando siempre que su agujero negro, sentido o no sentido, consciente o inconscientemente, se arregle solo con la simple varita de la esperanza.




Me gustaría perderme en un bosque oscuro, dónde la luna acechara toda la noche y el sol se quedara en el horizonte durante el día, presenciando como el viento mueve las hojas de manera delicada. Dónde de los árboles más altos y gruesos cayeran hilos de ramas finas que se embarullan entre ellas. Dónde el cielo pareciera un edredón lóbrego que se desprende del espacio y cae a la Tierra. Dónde el aire del bosque estuviera cargado por una canción muda. Dónde los animales durmieran y se despertaran para observarte desde lo alto de algún tronco o desde lo bajo de algún nido escondido. 


Sopa de estrellas

Lo que pasa en tu interior cuando te despojas de esa coraza, que lo único que hace es almacenar mugre en su interior, es algo mucho más profundo e intenso que el despertar de cualquier terror arraigado. Es como si un universo colisionara con otro y como consecuencia se provocara una explosión descomunal. Te sientes libre. Te sientes tú. Sientes quién eres, y a partir de ese punto todo da un vuelco inmenso. Y lloras, o casi, porque nunca te habías sentido así de bien; cómodo contigo. Eso pasa cuándo dejas de intentar ser y pasas a ser.


 

Un tango sin pareja

Estaba en alguna calle perdida de mi ciudad; era amplia, y a la vez vacía. No había un solo coche acelerando por el asfalto, ni siquiera aparcado. En los edificios, bajos, ninguna luz estaba encendida. Lo único que mostraba que el tiempo seguía corriendo eran las plantas que rompían los cementos de los bloques y el suelo, y la brisa que bufaba cuando quería haciendo que se movieran.
     Encendí el cigarrillo, le dí una calada, y me apoyé en esa pared gastada. Sentía que mi alma se apartaba de mi cuerpo para irse a llorar sin que yo la consolara. Mi mente se reía de ella, se burlaba. La engañaba y la reducía para que no tuviera fuerza. La mente era la comandante, la que actuaba sin pensar y la que anulaba todo lo que salía del sentir. La otra se hacía una bola que cada vez tenía menos brillo; chillaba sin voz y hablaba sin palabras. La mente, ida, empezaba a creerse que ella era el alma, escapando de cualquier realidad real y cualquier sentimiento sentido. Cada vez pensaba más y menos nítido, cada vez recordaba menos y fallecía más. 
    Hasta que me dejé ir. 
    Hasta que dejé de escuchar a mi mente.
    Hasta que empecé a sentir a mi alma. 
    Entonces empecé a entender, y caí en una tormenta de emociones.



Nubes grises para el soñador

Una vez casi me caigo de mi mente. Estaba mirando a la nada y pensando en algo, cuando me di cuenta de que miraba sin mirar y que pensaba sin pensar; entonces casi me caigo. Era como si hubiera saltado desde un trampolín sin percatarme y hubiera abierto los ojos en mitad de la caída. A veces me siento atrapada dentro mío. Me encierro y me miento para esconderme detrás de una cortina oscura. Aunque de la misma forma que lo hago, no sé porqué lo hago. Sé lo que hay detrás de la cortina, pero de alguna forma mi cabeza no lo sabe. O quizás no hay cortina. Está loca. O quizás es de las más sanas y por eso hace lo que hace. Pero todos aparentamos normalidad, hasta los que están a punto de explotar. 


 

La serpiente con plumas

No tenemos ningún nombre. Saben que existimos pero no nos ponen nombre. Saben que los observamos y no se dignan a curiosear. Vivimos en las aguas de ese lugar oscuro y brillante por la noche, y dorado cuándo el sol se deshace. Vivimos en las aguas sin color alguno más que el aura del céfiro. Vivimos en los mares incomprendidos y inquietos de algo que todo ser vivo disfruta. Hacemos temblar el tiempo cuándo nos apetece, desencadenamos tormentas de hojas verdes cuando hacemos crecer los árboles hasta las estrellas; creamos cantos relucientes, amaneceres que duran días. Nos gritan los pájaros, alabándonos y glorificandonos. No somos ningún ser superior. No somos menos que los animales ni más que los humanos. Tenemos el bondadoso corazón y la instintiva supervivencia de las bestias, y tenemos todo lo que una persona posee para Ser, menos el miedo; por eso no nos dan nombre. El miedo en los seres humanos fue necesario para la supervivencia ancestral, pero homicida de las vidas que crean a tiempo de hoy. 
      Somos todos y todas. Somos lo que destruye y lo que construye. Lo que ilumina y lo que absorbe. Somos tú. Por eso nos controlas inconscientemente; porque no tenemos nombre, porque ni siquiera sabes que existimos.

 


Rojo mar y Amarillo cielo

 Cuentan que el Salón de Bourvardia —conocido por su extracción de curas medicinales que los científicos eran incapaces de explicar— fue enterrado después de la Primera Guerra Mundial, bajo el polvo, el dolor y la destrucción. Bajo todo aquello que antes daba vida. No era de esperar que los murmullos, los marujeos y las pequeñas leyendas que se hicieron con motivo al Salón fueron los cimientos que definitivamente lo sepultaron. 
    Pero solo fue ocultado de los ojos incultos y de las mentes indolentes; no desapareció. No obstante aprovechó la oportunidad para irse a otro lugar y dejarse crecer. 
    El Salón de Bourvardia crecía solo, era un Salón como el que nadie podría imaginar. El suelo principal, del cual se sostenían los maderos que aguantaban jardines enteros, era tierra húmeda adornada con flores y hierbajos hermosos. Hojas largas que crecían desde las raíces e intentaban atrapar la humedad con su bello, flores del color de los ojos de Sofía —una mezcla entre cielo despejado y cielo nocturno—, rosas amarillas, naranjas, con pinchos, sin ellos...
    En el suelo principal también vivía un árbol cuyos años crecían como si intentaras atrapar el último número existente con la mente. De su tronco tosco se caían las cortezas viejas para dar paso a las jóvenes. Sus ramas crecían y se retorcían como serpientes felices, y las hojas caían alegres, verdes y brillantes, iluminadas por una luz dorada que procedía de un cielo azul falaz. 
    En una pared había una cristalera que trepaba el Salón y lo rociaba con relumbres granates, cetrinos y azules. En otras paredes aparecían puertas y ventanas decoradas de hiedra y flores que nacían de entre las piedras claras. Y otra pared que se alejaba y crecía hacía arriba, con una escalera que le hacía compañía y unos balcones con verjas doradas que servían de diversión para los bejucos. 
    No hay que olvidarse de mencionar la luz que aquel lugar desprendía. Las flores, las hojas, los árboles...; parecían bañados en polvo de hadas. 
    ¿Y que para qué servía ese Salón? Era la entrada a una perspectiva del mundo diferente.





El dragón de tu corazón.

Estaba volviendo a enfadarse de esa manera tan suya que tiene, sé que no lo hace a malas, pero odio cuando se pone a decirme que siempre me lo dice. Odio cuando la gente me dice que esta cansada de mí. Porque siempre me lo dicen. "Siempre igual", "cuando empiezas a decir estas cosas me hartas"; en tono apagado, como si ya... Como si fuera algo tan repetitivamente molesto que ya casi lo dejan correr.
Hoy me he ido.
Estaba volviéndolo a hacer, pero no le he dado tiempo: me he ido. Y no he sentido absolutamente nada. Solo esa familiar sensación de estar atrapada.
Soy una sensible, lo sé. Y en parte es algo que odio porque en mi cabeza se exagera todo de manera abismal. 
Después le he dicho que lo sentía, porque sé que la acción de irse ha sido exagerada, pero en realidad necesitaba hacerlo porque no sabía decirle un simple: "para". 

Le canso a la gente. Me cansa la gente. Me cansan las voces, los ruidos, los estruendos, los chillidos, las risas. Me cansa tener que levantarme cada día a la misma hora. Me cansa que solo me salte el horario cuando salgo de "fiesta". Me cansa que no pueda depender plenamente de mí misma. Me cansa tener que dar explicaciones. Me cansa intentarlo cada día. Me cansa cansarme de estar aburrida. Me cansa querer hacer algo y no saber el qué. Me cansa que me juzguen y que yo lo haga también. Me cansan los ojos contentos, los tristes, los perdidos, los valientes, los amargos, los dulces. Me canso de mí. Y me canso de echarle la culpa a todo sin ni siquiera saber que pasa. 




¿Gris o Transparente?

 Ahora solo sé que hay silencio. No es un silencio normal, es un silencio que esconde cambios: aterrador, te alcanza, te retiene, y te aprisiona. Te encierra de una manera que cada vez  presiona más.
    No es frío ni cálido, simplemente es como agua templada, sale de algún lugar escondido y se filtra por todo el cuerpo. No es conocido, tampoco desconocido, es algo de lo que no te das cuenta pero a la vez si. Es algo que te pone un cristal grisáceo ante tu "yo", tu "tú", y el mundo. Un gris que te ciega sobre ti y sobre todo. Algo que te enseña y que te esconde. Es un no constante y miles "sí" sin fundamento. Algo que hace que te envenenes con lo exterior y lo interior. Algo invisible. No es tóxico. Hace que te intoxiques. 




Navegó por el verde cielo

Una vez me dijeron que la soledad es el arma del más fuerte, pero también la vulnerabilidad del más débil. Que es eso que nos hace conocernos, y que por eso para algunos estar solo es algo que tienen que evitar constantemente; porque les aterra conocerse, les aterra estar con algo que no les gusta, algo que no les agrada. Puede que piensen que están podridos por dentro, y que si alguien se da cuenta, todo ha acabado. Conocernos es, sin embargo, algo que tendríamos que hacer sin miedo. Porque estaremos toda la vida con nosotros mismos.



En ese momento odié a todo el mundo, me harté de todos. Me cansé de dar explicaciones a la gente, a justificar lo que hago en cada momento sin saber porqué y sin quererlo. Pero en ese momento no me importaba casi nada. Sentía mi cabeza llena, literalmente, no paraba de pensar inútilmente, le daba vueltas a todo sin conseguir llegar a lo que se suponía que quería llegar, tenía la sensación de que en algún momento iba a acabar haciendo alguna locura sin ser consciente; me sentía en el abismo con el miedo de caer en algo horrendo. 
     Cogí el maletín que siempre iba conmigo, pegado a mi mano. Me puse el sombrero marrón y salí de casa hacia el parque.
    El cielo era azul celeste, el aire purgaba el ambiente de la pequeña ciudad y arrastraba pequeñas hojas que caían de los árboles anaranjados, pequeñas hojas que los niños pequeños arrancaban del césped. Eso me relajaba. Pero era una mentira, no lograba salir de mi cabeza, ni lograba relajarme, algo me lo impedía. Me lo impedía yo, no sabía cómo pero me lo impedía. Solo quería dejar de pensar.
    Paré de caminar, me senté en el prado y me quité los zapatos, luego los calcetines. Me estiré y miré al cielo. Había parejas que me miraban de reojo extrañados, como si estuviera loco. No me importaba demasiado. 
    Me quité las gafas y me froté los lados del tabique. Me dolía un poco. Putas gafas; estaba ciego. 
    Cerré los ojos y me centré en los olores. Olía fresco, húmedo. Hacía ese olor que el aire hace antes de que empiece una fuerte tempestad, después empecé a oler el aroma dulzón que hacían las pocas flores que aún no habían sido arrebatadas por el otoño. 
    Y finalmente lo entendí: me había perdido entre mis pensamientos y el ruido de la ciudad, había navegado por los mares de mi vida encerrado en un barco sin vistas, y perdí el sentido de todo sin darme cuenta, me escapé de mi mismo; como humo.

Me equivoqué

"Te he visto cuando eras pequeña, cuándo plantabas flores azules y amarillas en nuestro jardín nuevo, las regabas, y te pasabas los cinco primeros días sentada delante de la tierra que habías removido. Les susurrabas cosas bonitas a las semillas, les decías que ellas podían, les decías que las ayudarías a crecer. Al cabo de dos años plantaste la semilla de lo que ahora seguramente debe ser un árbol gigante, de esos que se llaman árboles desmayo. Ésos que tienen las hojas caídas y que parece que lloren, ésos tan bonitos; siempre han sido tus favoritos. 
    El verano que plantaste esa semilla, correteaste alrededor del lugar, cantando y jugando conmigo, con tu padre, y con el perrito que teníamos en esa época: Taus. 
    Recuerdo que desde esos pequeños momentos supe que tu perdición serían las plantas. Te fascinaban. Cuando eras un poco más mayor, alrededor de los doce años, descubriste que la mayoría de plantas tenían propiedades beneficiosas, empezaste a decirme que no te pusiera cremas, que cogiera ese cactus que parecía una flor, lo abriera y te lo pusiera por tu piel irritada. Desde allí supe que llegarías lejos. 
    Tu corazón es mucho más grande que el de una persona sabia, tu mente es mucho más sana que la de la gente que habita en este mundo de locos. Y tú... Tú eres tú, un único tú brillante e insustituible.
    Hoy te escribo para decirte perdón, pero no por haberme ido, si no por haberos dejado sin decir nada. Hace años que pienso en ti y en esta carta, y nunca había sido lo suficientemente fuerte para empezar siquiera la primera palabra. 
    No sé que pensaba cuándo hice las maletas corriendo, cogí los libros más importantes, y pagué un taxi para que me llevara a la embarcación. Pero lo que sí sé es que en todo momento mi pecho se sentía oprimido por alejarme de vosotras. 
    Con esta carta no pretendo recibir una sonrisa, mucho menos un abrazo. Con esta carta lo que pretendo es volver a intentarlo, pedirte que me des una oportunidad. Me equivoqué."





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